POLLITO


En una mañana como tantas otras, mientras Amelia enseña a tejer a su hija Viviana, en su humilde casa, ésta le confiesa que la noche anterior, en defensa propia y accidentalmente provocó la muerte de su marido. El cadáver ocupa cada vez más espacio. Es imposible confiar en la policía. Amelia decide ayudarla, aún a su pesar. . Tati, su vecina, se suma. Juntas descubren su fuerza y educan a Jose “Pollito” fuera del patriarcado.

PERSONAJES

AMELIA, 70 años, madre de Viviana.

VIVIANA, 40 años.

TATI, 30 años, vecina

Voz en off de hombre joven

Vito, marido de Viviana y Jose, 4 años, hijo de Tati, sólo aparecen referidos en el discurso de las tres mujeres.

FRAGMENTO.

1) Tejido estrangulado

 Cocina de una casa modesta del Barrio Confluencia. Amelia, una mujer de unos setenta años, le enseña a tejer un nuevo punto a Viviana, su hija, de unos cuarenta y cinco años. Cada una tiene su tejido con dos agujas. Si bien la lámpara del techo está encendida, hay poca luz en el ambiente.

Amelia: – (Mientras habla va realizando lo que dice). El punto doble lleva dos lazadas para abajo. Así, ¿ves? Sin estrangular la lana. Y una lazada para arriba, Corro y vuelta otra vez. Dos lazadas para abajo…

Viviana: – ¡Me perdí! Esperá. Esperá. Dos lazadas para abajo (lo dice y lo hace dubitativamente) y una para arriba.

Amelia: – Te dije que no la estrangules. Desarmalo y volvelo a hacer con la lana floja.

Viviana: – Ufa (tironea de la lana hasta desarmar el punto). A ver, dos lazadas para arriba…

Amelia: – ¡Para abajo! Estás distraída

Viviana: – Me quedé pensando (Trata de realizar el punto).

Amelia: – Dale que vas bien. Una para arriba. ¿Pensando?

Viviana: – Eso que decís. Que si apretás mucho la lana se estrangula.

Amelia: – Ah, sí, es casi una cuestión de ritmo, más que de lazada. La lazada tiene que ver con la tensión que le ponés. Así ¿ves? (Teje torpemente y con la lana muy apretada). Se estrangula. No respira. Hasta se te puede cortar. En cambio, cuando le agarrás el ritmo (Lo hace) El punto queda ideal, Sin fuerza. Casi te diría que sonríe. Sin bronca, distendido.

Viviana: – Sin bronca. Distendido. Me cacho en diez. (Esforzándose) Dos para abajo, una para arriba, lazada y vuelta otra vez. ¡Ahí va queriendo!

Amelia: – Ahí está mejor. Es hermosa la lana que compraste. Hace mucho le tejí un chalequito al nene de la Tati. Precioso le quedó. Parecía un pollito. Pero esta lana es roja.

Viviana: – Si, es cierto. Parecía un pollito. Amarillo pollito. Ayer me siguió y no lo vi.

Amelia: – ¿El nene?

Viviana: – No, no, uno de los pollitos que nacieron últimos.

Amelia: – ¡Qué bonito! ¿Viste cuando esponjan las plumas? Que les quedan estiradas, con aire, pero a la vez elásticas. Así te tiene que quedar el tejido. (Le muestra su tejido contrastándolo con la luz del foco) ¿Ves? Entra la luz parejita, parejita. No es tan difícil.

Viviana: – Lo agarré con la puerta. Lo estrangulé.

Amelia: – ¡Ay, querida!

Viviana: – (Ríe) Como a la lana. (Amelia la mira sin comprender). Estrangulado. Como la lana.

Amelia: – ¿Estás bien?

Viviana: – Si, si, Está quedando muy bien. Parece que le agarré el ritmo. Dos abajo, una arriba, lazada, vuelta otra vez, dos abajo, una arriba, lazada, vuelta otra vez. (De repente se detiene y se observa las manos. Se huele los dedos).

Amelia: – (Estudiándola atentamente). Lo estás enganchando todo.

Viviana: – Son estas agujas. Pinchan y enganchan la lana.

Amelia: – Tenés que tener cuidado.

Viviana: – Que curioso.

Amelia: – ¿Qué cosa?

Viviana: – Lo que pinchan estas agujas. Podrían sacar un ojo de la cara.

Amelia: – (Tensa. Cambiando de tema). Qué raro que no volvió tu marido todavía.

Viviana: – Ya va a venir, se debe haber quedado jugando al truco. (Se le cae el tejido).


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