CORTE Y CONFECCIÓN


Dos mujeres realizan trabajos en un taller de costura clandestino ubicado en el sótano de una mercería. Deciden quedarse toda la noche para terminar un pedido. En este encierro se van conociendo y establecen un vínculo de afecto. Comprenden que no será tan fácil salir ya  que la clandestinidad que las oprime no es sólo la de la costura…Además de la voz entrecortada del presidente que desde la radio anuncia el comienzo de la cuarentena.

PERSONAJES:

Clara: Mujer madura, rígida, racional. Maneja cierto poder

Marisa: Mujer joven, luchadora, intuitiva.

Voz en off de Nancy: jefa de Clara.

FRAGMENTO:

“Sótano de una mercería de barrio. Marisa y Clara trabajan rodeadas de telas, carreteles de hilos y máquinas de coser. Clara está cosiendo un short de cuerina negra en una de las máquinas. El sonido del motor es constante y suave. Desde su radio a pilas se escucha, mal sintonizada, la voz de Gilda cantando: “Quien te dijo que mi puerta tiene que estar siempre abierta, Quién te dijo que mi puerta, tiene que estar siempre abierta…”

Marisa: – Apagá la radio.

Clara: – (Le obedece, alerta) ¿Qué?

Marisa: – Shh. ¡Escuchá! Se escucha el gotear de una canilla en la pileta del bañito, a la derecha.

 Clara: – Son ratas (sigue cosiendo).

Marisa: – ¡Pará de coser! Clara le obedece de mala gana ¡Son pasos!

Clara: – Vienen de allá (señala el baño) son ratas. Es un ruido finito. Pasitos de ratitas.

Marisa: – ¿Hay ratas en el baño?

Clara: – Debe ser. (La observa) ¿Podés ponerte a laburar? Se nos viene el día y vos paveando.

Marisa: – Ufa ché. Para mi eran pasos, (Afina el oído) Sigue el ruido.

Clara: – ¿Será posible? Se levanta, molesta y va hasta el baño. Nada. señorita. Lo único, la canilla goteando. Vuelve a sentarse y sigue cosiendo.

Marisa: – ¡Ah, mirá vos, para mí eran pasos!

Clara: – A veces no sé si me estás tomando el pelo o te sale así, nomás.

Marisa: – Bueno ché, no me acostumbro a esto. (Desenrolla un rollo de tela de modal estampada con animal print sobre una mesa hecha con dos caballetes y una tabla.)

 Clara: – Los moldes

Marisa: – Los tengo acá, ya se, ché.

Clara: – (Levanta la vista para hablarle, pero sigue cosiendo) Mirá, por hacerte la canchera, te salieron todos los cortes torcidos. La capa, parece un pañuelo, (levanta la tela que está cosiendo) ¿y las tangas? Mostrame las tangas (Marisa le obedece) ¡Por favor! Mirá, son todas partes de adelante

Marisa: – Si son tangas, nadie va a querer que le tape el culo. Al contrario. Son dos triangulitos mínimos.

Clara: – Marisa, te tenés que tomar en serio esto, si no, no nos van a dar más pedidos. Ya voy a ver como lo arreglo. Y no me gusta que digas palabrotas.

Marisa: – Tenés razón, me agarra la tontera porque estoy cansada. Mejor preparo unos mates a ver si me despabilo y me pongo con todo. (Sale hacia la cocina que está pegadita al baño. Las paredes vibran ante el paso de un tren arriba. La luz tiembla. Clara continúa trabajando como si nada. Marisa vuelve aterrada).

Marisa: – ¡Está temblando! Clara la mira incrédula ¡No te pares en el marco de la puerta!

Clara: – ¿Qué puerta? Es el tren, nena, estamos debajo de las vías. ¿No lo habías escuchado nunca?

Marisa: – (Avergonzada) Arriba no se siente así, no vibra tanto. Se queda pensativa un instante. Traigo el mate, mejor.

Clara: – Dale, yo termino acá y te ayudo con los moldes, asi dejamos todo cortado parejito.

Marisa: – (Vuelve con el mate) le puse cedrón, conseguí en los bolivianos.

Clara: – Tienen de todo, ¿viste?

Marisa: – Para mí que si no lo tienen, van y lo plantan. No sé, yo le pido y me lo consiguen.

Clara: – Ojo con lo que pedís, entonces.”


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